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LOS  SONETOS  DE  POTRANCA

 

León Zeldis Mandel

 

 

          Mi profesor de castellano, José Marini Sangura, era un hombre que amaba la literatura de todo el mundo. Aunque según el programa su tarea se reducía a enseñar literatura española, nos daba buenas dosis de las literaturas de otros países, inglesa, francesa,  italiana. Especialmente italiana. Alemana no, porque tenía aversión hacia los alemanes, y no perdía ocasión de declarar que Goethe había sido mejor científico que poeta. En cada lección, después de haberse explayado sobre Garcilaso o el Dante, acostumbraba poner las manos palma abajo sobre la mesa - para disimular el temblor - y sonreía beatíficamente mientras recitaba algunos versos de la Divina Comedia, o un soneto de Potranca.

          Me olvidaba de mencionar que el profesor Marini era viejito, y además de un Parkinson bastante avanzado, sufría frecuentes lapsos de memoria, que subsanaba reemplazando la palabra olvidada con alguna otra que le venía a mano y le parecía similar.

          Otras de sus expresiones más famosas eran la obra de Semejantes, Don Quilote de la Manta; La Celeste Tina; Don Juan Tensorio y, hablando de literatura antigua, esos renombrados poemas épicos, la Ilíaca y la Odessa del Húmero.

          Marini había enseñado en el liceo desde su fundación, decían las malas lenguas. Desde el terremoto de 1906, por lo menos. Ya tendría que haber jubilado, pero llegado cada otoño, le suplicaba al rector que lo dejara seguir enseñando otro año más. El rector, por alguna razón que nosotros ignorábamos, lograba convencer al Ministerio de Educación que le extendieran el nombramiento.

          Cada dos semanas nos encargaba leer un libro de literatura chilena y hacer un análisis. Estilo. Vocabulario. Argumento. Figuras literarias, tratándose de poesía.

          No recuerdo todos los libros que leí esos años, sólo algunos nombres me quedaron grabados en la memoria: El Loco Espero, Recuerdos del Paspado, y de Gabriela Mitral: Yerba y Desilusión. De Pablo Neruda leímos los Veinte Poemas de Horror y una Canción Desanimada, y luego las Alturas del Macho Picho.

          Vestía siempre un traje de color mostaza salpicado de motitas, con mangas más cortas que sus brazos, y unos pantalones que apenas le cubrían los tobillos. Se notaba que alguna costurera había recortado los bordes gastados para volver a coser la tela.

          Marini tenía algunos hábitos extraños. Apenas se sentaba detrás del escritorio, sacaba del bolsillo una vieja llave enorme, esas de hacienda, y la colocaba frente a él enfilándola rectamente hacia nosotros. Cuando hacía una pregunta, jugaba con la llave y la apuntaba hacia el alumno interrogado. Si la respuesta demoraba en llegar, o estaba errada, golpeaba la mesa con la llave y eso era la señal para que el alumno se sentara, sabiendo que tenía una mala nota en el libro de clase.

          El segundo año mi familia se trasladó a Quilpué, pero como yo estaba acostumbrado en el liceo Eduardo de La Barra de Valparaíso, que además tenía la fama de ser el mejor liceo de la ciudad, mi madre consintió en que yo terminara en él mis estudios, viajando todos los días en el tren de las siete, y regresando en el de la una y media. Ya corrían los famosos automotores, con esas puertas neumáticas que nos encantaban, porque nos parecía estar en un tren futurista de ciencia ficción.

          Poco después de comenzar el año escolar, me di cuenta que el profesor Marini también regresaba a Quilpué en el mismo tren. Una vez, estando el vagón casi lleno, me senté a su lado, me reconoció inmediatamente, y comenzamos una conversación, o mejor dicho, comenzó a conversar conmigo, con algunas pequeñas intervenciones de mi parte, que no lograron interrumpir el flujo de sus palabras.

          Comenzó recordando a sus padres, que habían llegado de Italia a comienzos del siglo. El padre era agricultor - bueno, dijo, quizás agricultor sea demasiado pomposo, labriego sería más apropiado. Después de ahorrar algunos años compró un terrenito cerca de Quilpué, donde cultivaba frutales y algunas hortalizas. La ciudad se fue extendiendo y al fin de sus días vendió la mayor parte del terreno y se quedó con sólo la casa y un jardín. El dinero lo invirtió, pero con tan mala suerte que no tuvo en cuenta la inflación. El resultado fue tan desastroso que cuando el profesor Marini llegó a recibir la herencia, no quedaba casi nada.

          Mientras recordaba la historia familiar, Marini me iba mostrando algunos detalles del paisaje, las distintas tonalidades de verde de las hojas y los pastos - nunca me había dado cuenta que hubiera tantos tonos distintos de verde. Las diferentes formas de los techos de las casas. Me explicó que los techos puntiagudos significaban que el dueño venía de un país frío, donde la nieve que cae en invierno obliga a construir techos con una pendiente aguda.

          El tiempo pasó sin darnos cuenta, y desde ese día comenzamos a viajar juntos.

          No puedo decir que nos hiciéramos amigos. La diferencia de edades era demasiado grande. Pero yo en esos años ya tenía una gran afición por la lectura, y Marini me condujo hábilmente por los senderos de la gran literatura, explicando algo de la historia de cada autor, y aclarando el trasfondo de los libros.

          El Dante, por supuesto, era su preferido. Pero me recomendó leer La Divina Comedia muy a la ligera.

          – Aún no puedes entenderla bien. Lee para tener una idea, pero vuelve a leer la Adivina con Media cuando tengas treinta o cuarenta años.

Dante, tú sabes, era gran esotérico. Pertenecía a los Fieles de Amor. Hay que leer la obra pensando en su simbolismo.

          Siguió describiendo tal o cual incidente en el Infierno, y lo que Dante quería decir con eso.

          Yo, la verdad, no comprendía muy bien sus explicaciones, pero algo me quedó grabado en la memoria, y ahora, cuando volví a leer el libro, comencé a apreciar su entendimiento.

          Ya estaba terminando el año, entrada la primavera, cuando un día me invitó a su casa, por primera vez, a tomar el té.

          Su casa era una quinta antigua, de esas con un patio adentro, en recuerdo sin duda de las casonas coloniales. Me condujo a su escritorio, una habitación oscura, con estanterías del suelo al techo, y dos mesas sobre las que se equilibraban altas pilas de libros. [LZ1]  Marini quería mostrarme algunas de sus joyas, como él las llamó. Tenía algunos libros de más de un siglo de antigüedad, con encuadernaciones de cuero estampadas en oro. Sacó algunos volúmenes con cuidado para mostrarme las ilustraciones. Grabados que, según me explicó, eran de Doré.

          Estábamos enfrascados en examinar un gran folio cuando se abrió la puerta y entró un hombre joven, de unos treinta años, vestido con pantalón corto y camisa a cuadros. Caminaba con cierta dificultad, arrastrando los pies, y cuando se acercó pude percibir que su boca estaba deformada en una mueca permanente.

          Marini pareció incómodo porque el otro hubiera entrado sin pedir permiso, pero no le dijo nada, sino que le hizo seña que se acercara y lo abrazó afectuosamente.

          – Este es mi hijo Francisco, – explicó. – No habla mucho, así que no trates de conversar con él.

          Me di cuenta de inmediato del problema. Los ojos vacíos, la mueca, la cabeza inestable, los dedos agarrotados.

          Después de algunas palabras cariñosas del profesor, el muchacho se retiró sin cerrar la puerta. Marini fue y la cerró, luego, dando un suspiro, me dijo:

          – Ese es mi castigo, mi purgatorio. Mi mujer me abandonó hace años. No podía soportar tanto. Pero es mi carne y mi sangre, así que lo tengo en casa. En la mañana viene una señora a cuidarlo. Igual, aunque tuviera el dinero no lo mandaría a un sanatorio. Eso lo mataría.

          Suspiró nuevamente, se sentó y por un momento me pareció que podría ponerse a llorar, pero se recuperó.

          – “Per me si va nell’eterno dolore”. Esa es la inscripción en la entrada del infierno. Tendría que ponerla sobre mi puerta, – dijo con amargura.

          Pasó otro instante sumido en amarga reflexión, pero luego, como si hubiera cerrado una puerta en su cabeza, sonrió, se levantó, me palmoteó el hombro y me pidió no contar nada sobre su hijo en el colegio. Seguimos un breve rato examinando libros, y después me despedí sin esperar el té, alegando que mi mamá ya estaría esperando mi regreso.

          Ese verano mi familia alquiló un chalet en El Quisco, una playa donde pasamos los meses de más calor. Mi padre traía el diario El Mercurio todas las tardes, cuando regresaba de su trabajo. Un día me comentó que había un aviso de defunción, de un tal Francisco Marini, firmado por el rector del Liceo Eduardo de la Barra.

          – ¿Sabes quién es? – me preguntó.

          Contesté que sí, que era el hijo de mi profesor de castellano. Le pedí a mi padre que averiguara qué había pasado. Resultó que el pobre había muerto atropellado. Cruzó la calle sin fijarse en el tráfico y un autobús lo golpeó tan mal que falleció camino al hospital.

          El año siguiente, Marini ya no enseñó en el Liceo. Traté de ubicarlo en su casa, pero la casona estaba cerrada, y claramente allí no vivía nadie. Una vecina me dijo que creía que el dueño se había marchado a Italia.

          Le deseo a Marini que, pasado el purgatorio, haya encontrado la entrada al paraíso.

 

 

 

 

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© 2017 Leon Zeldis
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