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ESPEJISMOS

​

Leon Zeldis

 

 

          Me hizo entrar en una salita pequeña y casi desprovista de muebles. A la derecha un estante con unos pocos libros y una figuritas baratas de cerámica, como las que se compran en el aeropuerto para traer de regalo y salir del paso. Debajo de la ventana cubierta con un visillo de crochet, un sofá sin brazos, quizás una cama, tapada con una manta de rayas multicolores desteñidos.

          Tomé asiento en la única silla, junto a una mesita de aspecto inestable, que seguramente servía para comer o para escribir.

          Mi incomodidad aumentaba por instantes, sin que atinara a decir una palabra. ¿Qué se le dice a una nuera que nunca conocí mientras mi hijo todavía estaba en vida?

          Ella se sentó en el borde del sofá, sonrió e hizo un valiente intento de cortar el hielo.

-¿Cómo le resultó el viaje? – Preguntó. Su voz era sorprendentemente suave y baja, contrastando con su rostro de facciones angulosas, casi duras, con pómulo salientes, el pelo recogido sobre la nuca, el moño atado con una cinta amarilla.

- ¿Le costó encontrar la casa?

Negué sin pronunciar palabra, con un movimiento de cabeza. Quizás la intención de mi silencio era ponerla a la defensiva, o hacerla sentirse tan incómoda como yo.

Se levantó con un movimiento brusco y fue a la cocina, al otro lado de un tabique bajo de ladrillo.

- ¿Prefiere té o café? – preguntó sin mirarme.

- Café. Y puedes tutearme, después de todo…

Desde la cocinita se escuchó ruido de platillos y tazas.

- Tengo tanto que preguntarte – dijo, - y contarte – agregó.

- Para eso vine – contesté.

¿Por qué hablé tan seco? ¿Por qué mi actitud hostil? No lo podría explicar. Había venido a Israel para conocer a mi nuera y mi nietita. Cuando mi hijo se fue a Israel, rompimos las relaciones. La única familia que me quedaba. Yo estaba en completo desacuerdo. Un médico joven con un brillante porvenir en Chile, de pronto larga todo para meterse en un kibbutz. Traté de convencerlo que esperara un poco, que se hiciera un nombre, y entonces, si todavía seguía siendo Sionista, que llegara a Israel para tomar un puesto importante, en algún hospital, o de profesor en una facultad de medicina. ¿Pero eso de irse a enterrar en un kibbutz? ¿Para ordeñar vacas en un establo? ¡Ah, los jóvenes con sus ideales!

Recorrí la habitación con la vista. En la pared a mi izquierda había varias fotos colgadas. Me levanté para verlas mejor. Reconocí a Rafi, en uniforme de campaña. Debajo una foto de Aliza con el bebé que supuse sería mi nieta. Luego, una de una niña ya crecida, de cuatro o cinco años.

Aliza entró portando una bandejita de plástico con dos tazas lisas, un azucarero sin tapa y un vaso con leche. También un platito con cuatro galletas secas.

- ¿Esta es Anita? – pregunté, señalando la foto.

- Sí, se llama Anat. Anat está enorme, esa foto es de años atrás. Se va a parecer a Rafi en la altura.

Con una risita nerviosa agregó: - en el carácter también.

- ¿Qué quieres decir con eso?

La pregunta sonó abrupta y descortés.

Ella no le prestó importancia. – Anat es muy aplicada y ordenada, cada cosa en su lugar. Como era Rafi. Si le muevo un libro para limpiar la mesa, apenas vuelve pega un grito, por qué le desordeno sus cosas – se sonrió, esperando que yo respondiera.

Traté de poner cara indiferente.

- Anat – pronuncié la palabra como si se tratara del nombre de una especie de insecto que encontraba por primera vez. Dejé pasar un momento antes de continuar.

- Rafi debe haberme dicho el nombre, la única vez que me llamó por teléfono, para contarme del nacimiento de mi nieta. No me escribía nunca.

Eso lo dije con tono de reproche, como echándole la culpa. - ¿Por qué no quería escribirme?

Me volví a sentar.

La pregunta quedó flotando en el aire, como campana de difunto. Ella se encogió de hombros sin responder.

Me pasó la taza y me ofreció la bandejita con el azúcar y la leche. Me puse dos cucharaditas de azúcar y rechacé la leche con un gesto.

- ¿La voy a poder ver, a Anat? – pregunté. Más que una pregunta era una orden.

- Va a llegar a las cuatro. En todo caso, está en un jug, sabes, un grupo, un grupo de ballet.

Eso me agradó.

- Sarita también estudió ballet de joven. Mi señora, que en paz descanse. La mamá de Rafi – expliqué.

- Sí, sí, ya lo sé.

Su tono era ofendido. Inquieto.

Para suavizar mis palabras, le conté un poco de nuestra historia. La había repasado tantas veces en la mente.

- La conocí a Sarita en el estudio de ballet. La vi por primera vez reflejada en el espejo, un espejo que cubre toda la pared. Tenía puesto un pie sobre la barra y estaba haciendo una contorsión, no sé cómo la llaman. Entré en medio de la clase a entrevistarme con la profesora, Madame Ignatieva, que quería vender una propiedad. Y allí, mirándome en el espejo, estaba Sarita.

- ¿Y fue así, de inmediato, se enamoraron a primera vista?

Me sonreí. Una sensación casi olvidada.

- No, no exactamente. Tuve que trabajarla un poco, pero al final la convencí, y a su mamita también.

Mientras me miraba bebía un sorbo de café. Me estudiaba.

- Así que comenzaste por la suegra – dijo finalmente – compraste la suegra.

No me gustó el comentario, pero no dije nada. Yo también la estaba estudiando. No era como me la había imaginado. Por lo poco que Rafi me había contado, me había hecho una imagen mental de Aliza como una muchacha dulce, un poco mayor, muy asentada, romántica. Ahora con Aliza frente a mí me parecía calculadora, y al mismo tiempo insegura. Claro que las primeras impresiones engañan.

- Mi padre me dijo una vez, de joven, que cuando llegara el momento de elegir novia, que me fijara en la madre, porque en ella – me dijo – vas a ver el futuro de la niña.

- Sí, esa historia ya la conocía. – Se rió sin ganas.

El calor era aplastante. De pronto me di cuenta que Aliza no llevaba nada puesto debajo de la blusa. Los pezones se traslucían tras el género delgado.

- También mi suegra tuvo que ver con un espejo – agregué. – La primera vez que estuve invitado en casa de Sarita, por parecer hombre de mundo hice un gesto con el vaso en la mano y boté al suelo un espejo que había sobre el piano y se quebró. Me sentí horriblemente torpe y al día siguiente le envié un enorme ramo de flores y una figurita de porcelana Rosenthal. Sarita no me lo perdonó nunca, que mi primer regalo no se lo hubiera hecho a ella, sino a su madre.

Ella se rió, esta vez de verdad.

Me miró con cierta picardía. – De niña – dijo – me gustaba pararme junto al espejo, un espejo grande a la entrada de la casa, y mirar hacia adentro. A veces me sentía como si en realidad estuviera dentro de la habitación a través del espejo, como si yo fuera la Alicia del cuento, y a veces tenía ganas de poder meterme dentro del espejo. Las cosas se ven al revés, ¿sabes?

La miré con interés. La blusa me atraía. Debía ser por el calor. Quizás ella se dio cuenta de mi mirada.

- Las fantasías que una tiene cuando chica – se rió. – A veces miraba la puerta del dormitorio a través del espejo, y esperaba ver entrar un negro escondido en el dormitorio. Estaba segura que había un negro que en cualquier momento iba a saltar afuera, me arrastraría al dormitorio, me tumbaría en la cama y sin decir una palabra me haría el amor.

Me sorprendió un poco la confesión. Tan personal.

- Los espejos son misteriosos – dije. Son de otro mundo, el mundo de lo posible. El mundo en potencia, como la hoja en blanco. Cuando uno mete la cabeza entre dos espejos paralelos tiene una buena idea de lo que es el infinito.

Ella movió la cabeza como dudando. – A Rafi también le gustaban los espejos. Insistió que pusiéramos en el dormitorio un espejo grande frente a la cama, para que pudiéramos… – me miró de reojo – sabes, a Rafi le gustaba mirarnos en el espejo mientras hacíamos el amor.

- Sí – contesté – muchos prostíbulos tienen espejos en el techo. En Valparaíso había uno famoso llamado "Los Siete Espejos".

- ¿Así? – pensó un momento. - ¿Sabías que a Rafi no lo enterraron en el kibbutz? Lo enterraron en el cementerio militar en Jerusalén, porque cayó en servicio activo, sabes.

- Cómo no iba a saber. Desde el día mismo que llegó el telegrama, muerto en acción mientras atendía a un soldado herido, demostró gran coraje…

El calor era insoportable. Me sentía pegajoso, la camisa pegada a la piel. Ella se dio cuenta de mi incomodidad.

- ¿No quieres darte una ducha? Te va a aliviar un poco.

Asentí con la cabeza y ella me indicó dónde estaba el baño. Sacó de un closet una toalla verde con el borde deshilachado y me la pasó. La ducha estaba montada en la pared encima de la tina de baño. Una tina vieja, de esmalte blanco y descascarado. Me desvestí rápidamente y me metí debajo del chorro de agua, usando sólo el agua fría. En realidad me hizo sentirme mejor. Cerré los ojos y me quedé unos instantes tranquilo.

Cuando salí del cuarto de baño Aliza estaba sentada en el borde de la cama. Se había desabrochado tres botones de la blusa, y tenía la mitad de los senos a la vista.

- Yo también siento calor – dijo a modo de explicación.

Me senté a su lado, y entonces ella puso una mano sobre mi pierna. – Estoy tan sola – dijo en tono plañidero. – No veo a nadie desde que Rafi…

Estaba por llorar. Para consolarla, la puse el brazo sobre los hombros, y ella se dio vuelta hacia mí, levantando el rostro, descubriendo el seno. Sin pensarlo, movido por un impulso irreflexivo, la atraje y le di un beso apretado, abriendo los labios, metiendo la lengua. Ella respondió de inmediato, con entusiasmo, con furia.

Si decir palabra nos desvestimos a tirones, la urgencia del deseo nos acosaba. Apresuradamente entramos al dormitorio, nos lanzamos a la cama y comenzamos el ritual antiguo, sin pausa, sin descanso, sin muchas caricias, apretando el ritmo, jadeando, lanzando entre gemidos y exclamaciones entrecortadas, sin sentido, hasta la explosión final del paroxismo, y con un suspiro profundo ella cayó a mi lado.

La revolución en mi cabeza no era menor que el galope que golpeaba en mi pecho. 

¿Qué había hecho? ¿Qué decirle ahora? ¿Preguntarle cómo se compara el padre con el hijo?

Me invadió un sentimiento de culpa y de vergüenza. Conteniendo las lágrimas me levanté y me metí en el baño. Mi cara contorsionada me observaba con desprecio desde el espejo. Me miré observando las arrugas, el pelo ralo y canoso, las manchas que comenzaban a multiplicarse en el rostro. ¡Un viejo asqueroso! Capaz de meterse con la viuda de su propio hijo.

Me senté un momento sobre el inodoro para recuperarme de un vahído pasajero.

Salí y comencé a vestirme, sin mirarla. Ella tampoco dijo nada. Ya se había puesto de vuelta su ropita.

Al final tenía que decir algo. – No sabes cuánto lo siento, no sé qué me pasó. Debe ser el cansancio del viaje, la emoción, el calor… la soledad.

Ella se levantó y todavía en silencio, entró al baño. Escuché el agua corriendo. Se estaba bañando.

Me senté en la cama sin saber qué hacer. No quería mirar al espejo. Sentí un dolor de cabeza incipiente, traté de buscar una aspirina y abrí el cajón del velador. No encontré aspirinas, pero sí un álbum viejo de fotos, con tapas imitando cuero.

Comencé a hojearlo. Rafi me saltó inmediatamente a la vista, pero ¿quién era esa mujer a su lado? Seguí dando vuelta las hojas. La misma mujer, con Rafi o sola, y luego, después del nacimiento de Anat, con el bebé, los tres juntos con Rafi, Rafi con Anat, y una con Aliza, Rafi y la otra mujer. No entendía nada.

La puerta del baño de abrió y Aliza entró al dormitorio. Al verme hojeando el álbum se enfureció.

- ¿Con qué derecho estás hurgueteando en mis cosas? ¡Esto es privado! No tienes derecho.

Trató de arrebatarme el álbum y lo puse fuera de su alcance, poniéndome de pie.

- Cálmate – le dije. – ¿Quién es esa mujer en las fotos?

Se sentó en la cama, temblando de excitación o de rabia. Finalmente, con un hondo suspiro levantó las manos y espetó - ¡Que así sea!

Pasó un momento, suspiró de nuevo, y me dijo: - siéntate, te voy a contar todo.

Me senté a su lado, pero sujetando el álbum lejos de ella, pero ella ya no estaba interesada, ni hizo ademán de tomarlo. Claramente había llegado a una decisión.

La observé a través del espejo. Nos veíamos los dos sentados uno junto al otro, como una extraña pareja. En la pared había colgado un cuadro, un paisaje de Georges Perec con un cuadro dentro de un cuadro. Me recordó la imagen recursiva del "Gabinete de un Aficionado".

- No soy Aliza – dijo finalmente. – Aliza es la mujer en las fotos. Mi nombre es Braja. Yo era vecina de tu hijo, la mejor amiga de Aliza, andábamos juntas, cocinábamos juntas, nos veíamos todos los días.

Bajó la vista, apretando los labios. Luego continuó.

- Cuando mataron a Rafi, Aliza pasó una época muy difícil. No se podía consolar, no fue capaz de aceptar la realidad. Yo estaba separada de mi marido. Me vine a vivir con ella, traté de ayudarla, pero fue inútil. Cuando Rafi murió, también murió algo dentro de Aliza.

- ¿Anat no la consolaba de alguna manera?

- Al contrario, cuando Aliza...No entiendes nada – se rió con sorna – cuando Aliza miraba la cara de Anat veía la de Rafi. Era un recuerdo constante. Aliza comenzó a tomar más de la cuenta. Una noche le pegó a la niña. Yo la tuve que agarrar y encerrarla en el dormitorio hasta que se le pasó la borrachera.

Suspiró, moviendo la cabeza.

- Sucedió un par de veces más y luego, una noche, después que Anat se había dormido, me llevó a un lado y me dijo que no soportaba más, que se iba a ir a la ciudad, a Tel Aviv, por un tiempo. Con lágrimas en los ojos me pidió que cuidara a Anat hasta su regreso. Que lo hiciera por Anat, por la memoria de Rafi.

Se detuvo y trató de contener las lágrimas, pero se escurrieron por la tez morena. Con el dorso de la mano se las secó con un gesto de rabia, antes de seguir.

- Las dos lloramos abrazadas. A la mañana, cuando me desperté, ya no estaba. Había partido en medio de la noche, llevándose una pequeña mochila del ejército que Rafi había dejado.

Agachó la cabeza, balanceando un poco el cuerpo, recordando.

- ¿Cuándo pasó todo eso? – pregunté.

- Hace más de un año.

- ¿Y qué hay de Aliza?

La expresión de Braja se hizo más dura.

- Hace un mes tuvimos noticias de la policía de Eilat. La encontraron muerta en la playa, de sobredosis. Se había enredado con un grupo de vagos, esos que llaman 'hippies'. Infelices, la mataron. ¡Ellos la mataron!

Lloró suavemente, casi sin aliento.

Me quedé a su lado, sin atreverme a consolarla, en silencio, esperando que pasara la tormenta.

Fui a la cocinita y llené un vaso de agua que tomé de un sorbo. Luego lo llené de nuevo y se lo ofrecí a Braja. Lo aceptó con agradecimiento y se tendió de espaldas en la cama, cerrando los ojos.

Ya era cerca de las cuatro. Miré el reloj.

- ¿No vas a ir a buscar a Anat? – pregunté.

Ella hizo una mueca.

- Eso es otra cosa. A Anat se la llevaron los del Ministerio de Asistencia Social. No quisieron dejarla conmigo. Claro, mujer separada y sola. No podía adoptarla. No hubo nada que hacer, la dieron en adopción y yo ni siquiera puedo saber quienes son los padres adoptivos.

Me miré en el espejo, mudo de terror.

- Pero eso significa – casi no podía hablar – eso significa que yo tampoco podré encontrarla.

Braja asintió lentamente, sin abrir los ojos.

La ironía de la situación era aplastante. Me senté nuevamente, sujetando la cabeza entre las manos y me miré en el espejo. Derrotado. Después de todos los preparativos, los trámites, estudiar los documentos, las cartas, pagar y rogar y sobornar para sacar los documentos nuevos con el nombre de mi querido y recordado primo, el padre de Rafi, para asumir su identidad.

¡Todo había sido en vano, un espejismo!

De todos modos me había quedado sin familia, sólo en el mundo.

© 2017 Leon Zeldis
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