top of page

El Pelo de la Iguana

 

León Zeldis Mandel

 

            Fue el Dr. Jacobo Santos quien tuvo la suerte, o el infortunio, de descubrir la iguana hirsuta. Esto sucedió el jueves, 27 de febrero del aciago año cuando el huracán Gabriela borró del mapa la isla Tortuga. Bueno, no es que la isla se hubiera hundido en el Caribe, sino que todos sus habitantes se ahogaron, pero estoy divagando. Volvamos a la iguana.

            Sucedió en su visita mensual al refugio de la iguana gigante, y sólo cuando estuvo muy cerca, pudo apercibir lo que le pareció ser vello en el lomo del animal. No podía ser. Con mucho cuidado se le acercó y examinó la rugosa piel. Efectivamente, habían brotado numerosos pelitos de color verde botella. A la iguana le había crecido pelo.

            El Dr. Santos frunció el ceño y consideró sus opciones. Un sesudo artículo para la celebrada revista Reptilian Biogenetics, una del centenar de publicaciones científicas de la Universidad de Oxford. Otra posibilidad podría ser una serie de conferencias en las principales universidades del mundo, con proyecciones Power-Point. Quizás podría integrar de alguna manera el conjunto folclórico Ipana-Teku que ejecutaba música indiana usando flautas de caña y tambores con parche de piel de anaconda.

            El Premio Nóbel no era una imposibilidad. El pensamiento le hizo sonreír. ¡El viejo profesor Cienfuegos iba a reventar de rabia!

            Sacó la fotográfica de su estuche y con científica prolijidad grabó la imagen digital del animal desde todos los ángulos, menos desde abajo. La iguana lo ignoró, y su único movimiento fue para buscar el sol cuando la hora hizo avanzar las sombras.

            Al día siguiente, de regreso en su oficina universitaria, Santos comenzó a elaborar su "paper". El título le hizo meditar un buen rato.

            ¿Descubrimiento sensacional en la Galápagos? – huele a prensa barata.

            ¿La iguana necesita peluquero? – jocoso, pero no, se trata de un asunto serio.

            ¿Evolución neopilosa? – ya está mejor, incluye un neologismo, como todo trabajo científico de alguna importancia.

            Finalmente decidió usar "Iguanidae neopilosa, nueva especie descubierta en las islas del Pacífico Oriental".

            El asunto era lanzar la noticia, pero sin dar mayores informaciones, para que no pudieran venir otros científicos con mayores presupuestos a investigar la iguana, o iguanas, si se trataba realmente de una nueva especie. Cierto que sólo había visto un ejemplar, pero podía haber otros. Ausencia no significa imposibilidad.

            Rápidamente completó su artículo, agregó cuatro de las mejores fotos, y remitió todo el asunto por correo electrónico al periódico trimestral.

            Como suponía, el trabajo fue entregado al examen de dos lectores. Peer review. Las respuestas no tardaron en llegar. El Comité Editorial le transmitió los comentarios, ocultando los nombres de los autores, por supuesto.

            El primero era simple, conciso y rotundo:

            "Bullshit", comenzaba. "Pocas veces he tenido el placer de poder devolver un trabajo sin terminar de leerlo. No podría decir que carece de valor, porque me hizo reír un poco. Este pobre Dr. Santos tiene que cambiar la receta de los bifocales. Está claro que sus "pelos" están en la lente de la fotográfica".

            La segunda crítica era más mesurada. Las dos primeras páginas consistían en un análisis exhaustivo del título del trabajo, con posibles variantes, estudio etimológico, análisis por Guematria y paralelos en los idiomas autóctonos de América del Sur. Respecto al fondo del trabajo, el comentarista opinaba que era prematuro decidir sobre la autenticidad del informe, y que mayores investigaciones por un panel internacional de científicos (proponía su propio nombre como jefe del comité) con financiamiento de UNESCO, que no estaría limitado a examinar el o los ejemplares encontrados por Santos, sino que extendería sus investigaciones a otros lugares donde existen o podrían existir iguanas, como Nueva Guinea, Madagascar, Río de Janeiro y París. Se podría agregar Londres si alcanzaba el presupuesto.

            Santos estaba indignado, ¡Tamaña desfachatez!

            Prontamente se sentó a redactar una fulminante carta al Director de la revista.

            Lamentablemente olvidó poner "personal y confidencial" en el encabezamiento, con el resultado que su carta, incluyendo todos los improperios dirigidos hacia los dos lectores, apareció en el número siguiente de la revista en primer lugar entre las cartas al Director.

            La reacción fue inmediata y furiosa. Santos comenzó a recibir llamadas telefónicas a toda hora, también en medio de la noche, cuando una voz con tufo de whiskey le informó en un inglés atroz que su iguana se la podía meter donde los pelos le hicieran cosquillas. Al fondo se oía hablar en japonés. Otra llamada comparó la iguana con el guano, y ambos con su cerebro. Las comunicaciones escritas fueron no menos denigrantes, si bien la ortografía por lo menos era correcta.

            Santos volvió a la isla a ver su iguana peluda. El bicho tenía el pelo rizado. Esta vez se hizo acompañar por dos ayudantes de la facultad de leyes, que sirvieran de testigos. Los dos tocaron la iguana, intentaron tirar los pelos, cosa que no le gustó mucho al animal, pero no podía hacer nada aparte de mover a cola.

            Esta vez, armado con nuevas fotos y las declaraciones juradas ante notario de los dos protopicapleitos , Santos envió un nuevo artículo a Reptilian Biogenetics.

            El sobre llegó de vuelta sin abrir. Por otra fuente se enteró que la revista se había cerrado por falta de suscriptores.

            Como si fuera poco, el Decano lo llamó a su despacho y le informó cortés pero firmemente que su contrato finalizaba impostergablemente al fin del mes corriente, por reducción del personal docente.

            A la solicitud de Santos de una carta de recomendación para buscar lugar en otra universidad, el Decano sólo sonrió y le indicó la puerta,

            Esa misma noche Santos arrendó una lancha y volvió a la isla, Tan pronto como amaneció y pudo orientarse, buscó la iguana y con la maquinilla de afeitar que había traído dejó a la iguana calva como bola de billar. Luego juntó todo el pelo y lo metió en un sobre, que posteriormente envió al Smithsonian en Washington.

            Allí se encuentra hasta hoy, en exhibición dentro del diorama de guanacos de los Andes. La etiqueta junto a los pelos informa que pertenecen a un camélido desconocido, descubierto por el Profesor Jacobo Santos, quien obsequió su descubrimiento al Museo Smithsonian poco antes de su trágica muerte atropellado por un tren.

            A la iguana no le volvió a crecer pelo.

© 2017 Leon Zeldis
bottom of page