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EL LABERINTO

Introducción

          El laberinto es un motivo simbólico que, como veremos, tiene relación con la iniciación y con otros aspectos filosóficos que atañen a la Masonería.

          La idea del laberinto está probablemente relacionada con la caverna o la gruta. La caverna, sostienen muchos etnógrafos, constituía para los antiguos el nexo entre el mundo terreno y aquel de los muertos. El candidato a los misterios pasaba las pruebas de la iniciación dentro de la “caverna iniciática”, y al salir estaba transformado en un hombre nuevo. La iniciación, como sabemos, representa un rito de muerte y resurrección. La idea de la “Madre Tierra” también está relacionada con estas ideas, ya que la salida de la caverna es simbólicamente equivalente al parto. El neófito, al salir, renace a una nueva vida. (Fig. 1)

          Respecto a la etimología de la palabra laberinto, Paul de Saint-Hilaire escribe que contiene la voz “lab” que recuerda “labor”, es decir trabajo, esfuerzo. En latín, el nombre del laberinto es “laborintus’, que hace más evidente la relación (Schaub). Por otra parte, “labor” en inglés es un sinónimo del parto.

          Mircea Eliade propone otra etimología, derivándola de la palabra asiática labra/laura, la caverna, la piedra, la gruta (Ragosin).

          Los laberintos son numerosos, apareciendo en monedas (Fig. 2), inscripciones y edificios desde la antigüedad hasta el siglo XVII.

          El laberinto más antiguo conocido se encontraba en Egipto, construido cerca del lago Moeris por el faraón Amenemhe III (12° dinastía). Según Heródoto, superaba en belleza a los templos de Efeso y Samos, y contenía tres mil cámaras, algunas a ras de tierra, otras elevadas y otras subterráneas.

          El laberinto más famoso es, sin duda, el de Creta, también conocido como “dédalo”, en recuerdo del arquitecto Dédalo que construyó dicho laberinto en el palacio del rey Minos en Cnosos, capital de Creta. (Fig. 3) Allí se sitúa la conocida leyenda de Teseo, Ariadna y el Minotauro. En los laberintos de la antigüedad, en su centro aparecía a menudo la imagen de Teseo y el Minotauro (Fig. 4). Esta imagen aparece también en monedas que datan de los siglos V al I A.E.C., representado ya sea en forma circular o cuadrada. Su camino era único, conduciendo de la periferia al centro, pero cambiando alternadamente de dirección, obligando así al caminante a realizar numerosas vueltas.

          Este tipo de laberinto representa el camino iniciático, ya que quien entra en él no se puede extraviar. Por lo tanto, no es propiamente un laberinto, sino un camino tortuoso.

 

          El laberinto en las iglesias

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          Henri Leclercq, en su diccionario de arqueología y de liturgia cristiana, explica que si el laberinto ofreciera diversas opciones, todas menos uno conduciendo a callejones sin salida, esto estaría en contradicción con la doctrina cristiana, ya que significaría que el feligrés podría errar en su camino en búsqueda del Reino de los Cielos (Schaub, p. 141). Por ello, los laberintos en las iglesias tiene una sóla vía.

          En los laberintos incorporados en iglesias cristianas el motivo de Teseo y el Minotauro desaparece. En uno del año 380 (iglesia de San Reparato, vecino a Orleansville, en Argelia) aparece en el centro una repetición de la palabra Ecclesia. (Fig. 5 - 6)

          Los laberintos siguen apareciendo en la época romana y posteriormente en el medioevo. (Fig. 7)

          En cuanto a las catedrales y otros edificios sacros, el laberinto es una imagen generalmente compuesta por losas o mosaicos empotrados en el suelo.

          En Francia, los laberintos de los siglos XII y XIII eran llamados generalmente “camino de Jerusalén” o “la legua”. Otros apelativos eran “La casa de Dédalo”, “el Laberinto de Salomón” o “La prisión de Salomón”.
          El laberinto en el piso de la iglesia representaba en forma simbólica la ruta del peregrino a la Ciudad Santa. En época de las cruzadas y construcción de las catedrales, los peregrinos que por motivos de salud u otros no podían ejecutar el peregrinaje a Palestina, realizaban un peregrinaje simbólico recorriendo el laberinto de rodillas. Su trascurso demoraba generalmente una hora, lo que equivalía al tiempo que demoraba caminar normalmente una legua (unos 2500 metros). Por eso, algunos laberintos eran conocidos como “la legua” (I. Deschap de Pas, citado en Schaub, p. 142). (Fig. 8)

          En cuanto al apelativo “Laberinto de Salomón”, está relacionado con las tradiciones cabalísticas.

          La forma del laberinto puede ser circular o cuadrada (Fig. 11) (excepcionalmente octagonal, como en las catedrales de Reims y Amiens) (Fig. 9 - 10), pero generalmente es circular, formado por círculos concéntricos del “camino”. Su tamaño puede llegar a más de 12 metros de diámetro (en Chartres, p.ej.). (Fig. 12)

          Según algunas tradiciones, los Compagnons (cofradías de  artesanos), cada vez que visitaban una iglesia, entraban por una puerta especial y ejecutaban un trayecto circular dentro de la iglesia, que llamaban “el pequeño laberinto” (Pierrier, p. 151).

          Otra interpretación del motivo por qué se introducían laberintos en las catedrales medievales es la que aparece en el Sthapataya-veda hindú (literalmente: “conocimiento del establecimiento”). Según este texto, la forma del laberinto neutraliza las fuerzas negativas (las gárgolas y otros elementos decorativos) actuando como una especie de trampa. De esta manera, el edificio espiritual donde reside la divinidad puede ser construido.

 

          Simbolismo

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          Probablemente, el uso del laberinto dentro de las iglesias representaba de forma simbólica el trascurso terreno de la vida humana, llena de obstáculos, reveses, retrocesos.

          El laberinto, con su camino tortuoso del que no se puede escapar representa el Reino de la Muerte. El laberinto es a la vez el mundo de lo terreno y el lugar del misterio, de la iniciación, donde se muere y se renace, en el proceso de metamorfosis para convertirse en un hombre nuevo.

          El laberinto de la basílica de San Vitale en Ravenna, que data del siglo VI, indica la salida del laberinto (el renacimiento) con flechas que salen del centro.

          Otra idea respecto al simbolismo del laberinto lo relaciona con la Víacrucis, o Vía Dolorosa, el camino recorrido por Jesús de la casa de Pilatos al Calvario.

          Louis Charpentier, en su libro Los Misterios de la Catedral de Chartres (Laffont, 1966) menciona otra posibilidad, y es que quien recorre el laberinto siguiendo su curso circular, concentra sobre su persona la energía telúrica del lugar sacro, a semejanza de una bobina de inducción (Ragusin, p. 144).

          La mandala, un dibujo simbólico de forma circular (Fig. 13), constituye un espacio sagrado que ayuda a conducir al meditador a la iluminación. El meditador concentra su atención en el centro de la mandala (equivalente al centro del laberinto). Los monjes budistas dibujan las mandalas con arenas de color, y luego las deshacen caminando sobre ellas. Nuevamente encontramos la relación del círculo con la caminata.

          Un laberinto moderno al aire libre exige una larga caminata del paseante para que logre salir. (Fig. 14)

          C.G. Jung recurre a la imagen de la mandala para designar una representación simbólica de la psiquis.

          El laberinto, como lugar iniciático, señala el regreso al origen, a la matriz. Saliendo del laberinto después de haber alcanzado el centro, el caminante renace. Santarcangeli propone que el laberinto, siendo una imagen del viaje del hombre hacia la muerte y la regeneración, es una representación del infinito.

          Beresniak menciona la opinión de Fulcanelli, que relaciona el laberinto de una sola vía con la obra alquímica; el laberinto expresa las dos grandes dificultades que presenta la obra alquímica: (1) alcanzar la cámara interior, y (2)  tener la posibilidad de salir.

          Es interesante señalar el “renacimiento” de los laberintos en los Estados Unidos, Europa y Australia, donde existe un centenar de ellos en iglesias,  hospitales, universidades y otros edificios públicos. Lauren Artress, pastora de la catedral Grace de San Francisco, conduce una campaña mundial por crear laberintos en todo el mundo. Tiene un sitio en el Internet (www.gracecom.org) con datos sobre los laberintos modernos (Pierrier, p. 151).

          Marcel Gugnet se refiere a la interpretación esotérica del laberinto. El caminante, después de vencer los obstáculos del trayecto tortuoso, que representa los peligros de la vida profana, alcanza el centro, el interior de la caverna o matriz, donde se encuentra la imagen del yo más profundo escondido en las tinieblas del inconsciente. Luego debe salir, es decir llevar esta imagen a la luz del día para adquirir la plena consciencia, el conocimiento de sí mismo.

          En la leyenda del Minotauro, la entrada al laberinto representa el descenso a los infiernos, la caverna donde reinan las tinieblas del inconsciente. No se puede llegar a las profundidades del inconsciente  si no mediante un penoso esfuerzo, gran concentración y después de avanzar y retroceder muchas veces. Una vez llegado al centro, al inconsciente, se encuentra su horrible naturaleza, en la forma de un monstruo que debe ser vencido. Teseo, hijo del rey Egeo o del dios Poseidón, es quien debe dar muerte al monstruo, el Minotauro, con cuerpo humano y cabeza de toro, hijo de Pasifae (esposa del rey Minos) y un toro. Al vencer el Minotauro, Teseo adquiere el poder real sobre Atenas, es decir, alcanza el conocimiento de sí mismo. Si embargo, para cumplir este objetivo, debe Teseo volver a salir del laberinto, con la ayuda del hilo conductor, otorgado por Ariadna, hija del rey Minos y hermanastra del Minotauro. Ariadna, como la musa del poeta o del artista, inspira al héroe y juega el papel de lo que el psicoanalista C.G. Jung llama la ánima, es decir, el aspecto femenino del inconsciente.

          Después de haberle entregado a Teseo la llave o hilo que conduce al conocimiento, Ariadna debe desaparecer. Es así que Teseo la abandona en la isla de Naxos, habiendo alcanzado ya el conocimiento total de su yo.

          Por lo tanto, está claro que no es suficiente alcanzar el centro del laberinto, sino que es preciso salir de él para cumplir la Gran Obra.

 

          El simbolismo masónico

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          En un ritual de iniciación de la Logia de Aviñón, del año 1774, se conduce al candidato por tres “Viajes Misteriosos”.

          Al concluir el primer viaje, el Segundo Vigilante dice: “Este es un caballero que trata de seguir el camino de la virtud.”

          El Venerable responde: “No se encuentra en el buen camino, hacedlo retornar sobre sus pasos.”

          Al final del segundo viaje, el Segundo Vigilante declara: “Es un caballero que continua andando por el camino de la virtud.”

          Se le hace regresar nuevamente.

          En la tercera vuelta se dice: “Finalmente es un caballero que persevera en el camino de la virtud.” Entonces el Venerable dice:

          “Ha seguido el buen camino, esperemos que pueda llegar.”

          Está clara la relación con el peregrinaje simbólico del laberinto, hasta llegar al centro.

          Es posible que la tradición de los viajes misteriosos en la iniciación masónica haya tenido su origen en los peregrinajes en el laberinto.

          Añadiremos otro pasaje del ritual de iniciación en el Rito Escocés, Antiguo y Aceptado, cuando se hace salir al candidato del templo y se le hace recorrer un camino tortuoso por algunos momentos antes de volver a entrar, y entonces penetra al Templo agachándose, como si entrara a un recinto subterráneo o pasando por una puerta estrecha, acaso la entrada a una caverna, o bien puede simbolizar la salida de la matriz en el parto.

          En los rituales masónicos, es frecuente que el mismo concepto o mensaje esotérico se presente de varias formas distintas. El viaje misterioso es un ejemplo. Las marchas al entrar al templo, distintas en cada grado, constituyen otro ejemplo.

          El laberinto representa para el Masón su lento progreso dentro de la Orden, con aparentes retrocesos, pero finalmente alcanzando el centro, es decir, el conocimiento de sí mismo.

 

Bibliografía:

Beresniak, Daniel, Le Labyrinthe image du monde, Detrad, 1996.

Cugnet, Michel; Pierrier, Jean-François; Ragusin, Luc; Schaub, Orazio,

Alpina, Swiss Masonic Journal, 5/1999, pp. 140-153.

Di Franco, “Il giardino dei Barbarigo”. Officinae, 12/1996.

Santarcangeli, Paolo, Il libro dei labirinti, Frassinelli, 1984.

© 2017 Leon Zeldis
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